Tarjeta amarilla

Me han expulsado una sola vez en mi vida en un partido de fútbol. No es algo que diga con orgullo, es verdad, lo reconozco, pero tras unos quince años jugando con mi equipo he visto cosas bastante peores. Como soy menos agresivo que un beso de la Cenicienta, la única vía que tenía un árbitro de expulsarme era por tonto. Y así fue. Por subnormal profundo. Por eso no suelo contar este episodio entre los highlights de mi vida, aunque en estos momentos viene muy al caso y haré una excepción.

Volvía de una lesión, de una rotura de fibras, y salí en la segunda parte de un partido que ganábamos por dos goles de diferencia, no alcanzo a recordar cuánto. No debía quedar mucho más de media hora. Todavía no había tocado el balón y en un córner a favor salieron al contraataque y yo hice una falta de manual que me costó la amarilla. Nada que objetar. Necesaria. En general, vivir un partido con una amarilla era algo que casi nunca había experimentado, como si no me diese cuenta, ya digo que era una situación muy extraña para mí. Solía provocarlas, no recibirlas. El caso es que me enfrentaba a 20 minutos tensos en los que tenía que defender un resultado favorable. Y así fue como, a falta de unos diez minutos para el final del partido, se me ocurrió, inútil de mí, pegar un balonazo cuando el árbitro había pitado una falta con anterioridad, mandando el esférico muy lejos del campo. Segunda amarilla. Expulsión. Por imbécil. De lo que mejor me acuerdo es de la sensación aquella de pensar, uy, que tenía amarilla, por qué lo he hecho. No supe reaccionar a vivir amonestado. Podía haber sido una roja directa por una agresión criminal, por increpar a un rival, por tantas otras cosas… pero fue por doble amarilla. Y fue por tonto. Ganamos el partido por un solo gol de diferencia y vi los últimos minutos con un gran sentimiento de culpabilidad. Al menos no acarreó suspensión. Un episodio bastante vergonzoso que cuento muy pocas veces. No me han vuelto a expulsar desde entonces.

Si todavía te preguntas qué hago yo recordando esta historia te lo voy a explicar. Gareth Bale ha sido amonestado varias veces por tirarse en la temporada 2012-13. Sí, de acuerdo, yo fui tonto y caí, pero Bale es mentiroso y le han pillado. El galés, mejor futbolista del Tottenham con bastante diferencia, debería haber sido de la partida en el duelo contra el Reading a las 16 horas del 1 de enero de 2013 pero está sancionado. Un partido sin jugar por acumulación de amarillas. Tres de las cinco, por tirarse (unas muy claras, otras menos). En todo el año natural de 2012 ha visto la amarilla por simular falta hasta en 8 ocasiones. La fama que se está ganando en la Premier League es de piscinero y, vistas las acciones, lo es de forma merecida. Allí no casan con estas artes. A Cazorla se le increpó duramente cuando se desplomó en el área contra el West Brom y provocó un penalti. Otro muy criticado es Luis Suárez, si bien éste es más de exagerar la caída y protestar decisiones que de tirarse. Igualmente sancionable. Al final, la fama no es injusta y se la han ganado. Al menos reconforta ver que todo el mundo es unánime con quien simula: tarjeta amarilla o sanción.

Foto: UEFA

Gracias: Diarios de futbol