Aquella ética del fútbol

IRENE LOZANO. ESCRITORA Y DIRECTORA DE THE THINKING CAMPUS

Irene Lozano

El interés general resulta difícil de calcular. La selección española empató frente a Portugal el viernes, lo cual parece haber apaciguado las críticas respecto a la destitución de Lopetegui como entrenador. Su fichaje por el Real Madrid explica a la perfección uno de los males que aqueja a la sociedad hoy día: el olvido de cualquier interés distinto del propio.

Adam Smith, padre del liberalismo teórico, esbozó el principio según el cual el carnicero, en la búsqueda de su interés personal, beneficia a toda la sociedad. El caso de Lopetegui demuestra que la verdad es a menudo lo contrario. El Real Madrid buscaba su interés particular: fichar a un buen entrenador. El propio Lopetegui perseguía el suyo: un suculento contrato. No cabe duda de que el fichaje desestabilizó a la selección: su concentración se convirtió, en palabras de Sergio Ramos, en un tanatorio. El interés general yacía de cuerpo presente.

Llevada hasta extremos que Adam Smith jamás aceptaría, esa persecución del beneficio particular a toda costa se ha convertido en ley. Son muchas las empresas cuyos intereses se ven dañados cuando sus gestores anteponen su interés personal, no solo al de la sociedad, sino incluso al de su empresa. La Champions League es el evento mundial que más dinero genera, seguida de la Fórmula 1 y del Mundial de fútbol en tercer lugar. Los viejos valores del deporte han quedado sepultados bajo montañas de dinero. Y aunque los daños que Lopetegui y Florentino acaben causando a la selección resulten difíciles de cuantificar, quedan pocas dudas de su desprecio por los sentimientos e ilusiones de un país entero. Cuando en el futuro se alabe su competencia técnica, no deberíamos descontar su negligencia ética.