Portugal exigirá otra cosa

No suele resultar indicativo el último amistoso antes de un gran evento. Y nos conviene creerlo. Porque no hubo asomo de la Selección celestial que nos llevó a Rusia y sí un grupo precavido, sosote, nada dispuesto a exponer la salud en el ensayo. Para Túnez fue otra cosa, una especie de prueba de autoafirmación que dio por buena, aunque acabara por no acompañarle el resultado.

Guárdense el confeti y las alabanzas. Un Mundial es una prueba al sprint y, por tanto, una competición de distancias cortas. Ese mensaje, casi una amonestación, dejó Túnez en el contestador de una España que salió sin nervio ni lozanía, huidiza del riesgo tan cerca de la hora de la verdad.

La Roja ofreció una composición cercana a la del estreno ante Portugal, de nuevo con Odrizola, con Ramos, con Thiago junto a Busquets como refinería del juego en el centro del campo, con el abracadabra de Isco y con Rodrigo, quién sabe si el nueve con el que comenzará la Selección esta aventura. Sobre ese puesto gira el debate, prueba de que no es caso cerrado.

La puesta en escena no resultó. España manoseó demasiado el partido sin velocidad de circulación, ni profundidad, ni desmarques, ni remate. Tampoco demasiado empeño. Y se vio atrapada en el 4-5-1 de Túnez, una selección de fortaleza anónima, con mejor plan que jugadores, solidaria y firme atrás y con respuesta alegre en la contra incluso sin su estrella, Khazri. Esos chispazos, que les llevaron cuatro veces ante De Gea en la primera mitad, sacaron a la luz que en España, a ratos, no hay repliegue sino desbandada.

En esa primera mitad no arreciaron los laterales, las verdaderas alas de La Roja, y fracasaron todas las maniobras de infiltración de Silva, Iniesta y Ramos, las tuneladoras de Lopetegui. Así que nada le llegó a Rodrigo, cuyo caso no llegó siquiera a juicio. Tapado por aquella sábana blanca desplegada por los tunecinos no tuvo ninguna oportunidad. Sí disfrutaron de ellas Sassi, Fakhreddine Ben Youssef y dos veces Sliti, que perdonó un gol a dos metros de De Gea.

Lo arregló Aspas

El disgusto quedó resumido en la renovación de medio equipo antes de la hora de juego. Un plan B copiado del Madrid: Lucas y Asensio, para reactivar las bandas, y Diego Costa para hacer sonar la percusión. Los extremos son la receta de la abuela para partidos así. Nada ofrece más liquidez ante rivales herméticos. España mejoró moderadamente en las dos áreas. A la suya ya no llegó ya casi nada. En la de Túnez asomó cierta inquietud, aunque nada que nos hiciera quedarnos con los rasgos del portero. En la recta final Lopetegui probó una defensa de tres y dos puntas, con la entrada de Aspas. El dibujo de la emergencia extrema que acabó resultando porque el gallego está en racha. El partido nos dejó cierto bajón que no precisará más tratamiento que la motivación de serie que incluye el Mundial. Hace diez años que dejamos los antidepresivos.