Luis Aragonés fue un tahúr. Un tahúr de la vida y del deporte. No entendía el día a día sin el riesgo. Le apasionaban los retos y buscaba el desafío. Una mañana fría de 2007 en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, el entonces seleccionador paseaba con el secretario general, Jorge Pérez, para gestionar la pequeña crisis instalada en la selección tras la derrota ante Irlanda, que ponía en peligro la clasificación para la Europa de Austria y Suiza “si no nos clasificamos me tiro desde lo más alto de la torreta” (una mole de hierro con más de treinta metros de alto).

Así era el míster. Un volcán siempre al borde de la erupción. Muchos internacionales han recordado ahora las situaciones inverosímiles que vivieron durante la convivencia. Se podría decir que era un provocador, su método para picar al futbolista. Y hay mil ejemplos. El primer día que conoció a Iker Casillas le puso en el equipo suplente para ver su reacción. Luego se acercó a él y le dijo que “por qué tenía era cara de culo de vaso”. O cuando anunció en la Eurocopa, en la víspera de un partido importante, que Sergio Ramos no estaba centrado. O como vigilaba a Puyol para que no hiciese más pesas… Esto sin mencionar las sonadas refriegas públicas con Romario o Eto’o.
Luis logró en un vestuario lleno de egos que los jugadores le aceptasen y venerasen. Les demostró que no era incompatible reír con trabajar. Fue bíblico el manteo de los jugadores en mitad de una discoteca en Las Palmas después de lograr la clasificación para la Eurocopa de 2008 o la pañolada en la cena previa pidiendo al presidente Villar su renovación. Ahí le vieron emocionarse por primera vez, desnudo de coraza y con las emociones incontroladas.
Serían posible recoger en estas líneas la arrolladora personalidad de un mítico con el permanente borbotón de inteligencia profesional. A Luis le podrán mil apodos, de los que renegaba en su mayoría en privado. Luis será siempre Aragonés. Luis Aragonés.
gracias: laenergiadelaroja