José Manuel Ochotorena posee el hombro que acoge los secretos, los lamentos y las confesiones de los tres porteros de la selección española. Últimamente, por las circunstancias, ha empleado más tiempo del habitual en charlar con Iker Casillas. En esas conversaciones la persona siempre estuvo por encima del futbolista. Demasiados años de convivencia, que le sirvieron al entrenador para rescatar al capitán de una situación tan extraña como envilecida.
Lo primero que hizo fue aislarle de todo el ruido mediático que rodeaba a su situación y recurrir a un dicho básico del fútbol como es que de los buenos no se duda. Y que si estaba en la selección pese a su situación es porque tanto él como el cuerpo técnico no dudaban ni de juego ni de su compromiso ni de su capacidad. Casillas asimiló el consejo de un amigo y aparcó muchas de las situaciones que no paraban de dar vueltas en su cabeza.

Todo era cuestión de tiempo y de contar con una oportunidad en el Real Madrid. La lesión en el partido contra el Galatasaray en el primer minuto le sirvió para rescatar fantasmas del pasado, pero entonces se acordó de las numerosas charlas con Ochotorena. Olvidarse del pasado y trabajar duro para cuando llegase el momento.
Y este llegó de nuevo en la Champions, ante el modesto Copenhague. No tuvo trabajo en ochenta y nueve minutos. Todo sucedió en el último. Salvó un mano a mano. Y después, en los dos saques de esquina siguientes, firmó otras dos paradas con el sello del ángel, que sirvieron para que la afición del Bernabéu corease su nombre como antaño. Y es que de los buenos jugadores no se puede dudar.
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