Francia: una intrusa más en el barrio de Glebovsky

Faltan dos días para la final del Mundial. El tiempo pasa lento en Croacia y Francia, las finalistas, pero sobre todo en Rusia. Especialmente en Glebovsky, el lugar en el que los franceses se han entrenado durante el Mundial, a 85 kilómetros de Moscú y a casi una hora de distancia.

Es julio. Son vacaciones. Al mismo tiempo que Francia se ejercita preparando un partido histórico, los niños de este modesto barrio rural juegan en la canchita de fútbol del parque. Ese lugar en el que sueñan con ser Messi o Cristiano. Un improvisado entrenador les instruye. “¡Iván, con la puntera no!”, dice. E Iván obedece.

A 200 metros de allí, no más, es Deschamps el que da órdenes a las estrellas galas. El primer día de entrenamientos en Glebovsky, antes de comenzar el Mundial, recibieron la calurosa bienvenida de los vecinos. Después, nada. Francia se ha aíslado para trabajar en privado y la gente del barrio se ha ido desenganchando del conjunto bleu. No hay banderas, carteles o fotos que hagan intuir que allí está una de las posibles campeonas del mundo. Francia es una intrusa más en un lugar en el que todo el mundo se conoce y detecta enseguida a los foráneos.

Griezmann. Los niños tampoco han mostrado especial entusiasmo durante el torneo porque allí estuvieran los Varane, Umtiti, Pogba, Griezmann o Mbappé. “¡Cristiano, Cristiano!”, grita uno. “¡Messi, Messi!”, replica otro. No hay mención a las estrellas francesas, ni siquiera a sus máximas figuras. Hay muchos que no saben quiénes son Griezmann y Mbappé. “¿Vienen por Francia?”, pregunta su madre. Tampoco los periodistas se han dejado ver mucho por aquí.

Glebovsky se encuentra a las afueras de Istra. Allí da sus conferencias de prensa el cuadro galo, en el precioso monasterio ortodoxo de la Nueva Jerusalén. Tampoco los turistas, casi todos rusos y religiosos, reparan demasiado cuando el salón de actos se llena de estrellas. Francia no vende. No al menos en Glebovsky.